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LA BUSCA. EL DESENCUENTRO DE LA LUZ EN LA ETERNA OBSCURIDAD

Gustavo Álvarez Bea


1. Introducción

“Comprendía que eran las de los noctámbulos y las de los trabajadores vidas paralelas que no llegaban ni un momento a encontrarse. Para los unos, el placer, el vicio, y la noche; para los otros, el trabajo, la fatiga, el sol. Y pensaba también que él debía de ser de éstos, de los que trabajan al sol, no de los que buscan el placer en la sombra.”[1] (291)

Con este fragmento culmina La Busca, de Pío Baroja, reflejando la intención del Manuel protagonista por cambiar el rumbo que lleva su vida. Para llegar hasta aquí, el autor nos ha sumergido en la nocturnidad del hampa madrileña, en la oscuridad de una sociedad maleante que habita los arrabales de la ciudad. “Baroja parte a los suburbios, asciende a los garitos, recorre las redacciones de los periódicos, husmea en los prostíbulos, y de aquí y de allá extrae individuos deficientes, solo a causa de su deficiencia; la describe, y ya está: he aquí el vasto cuadro del mal”.[2] Suburbios, garitos, redacciones de periódicos, prostíbulos, lugares que es difícil imaginar a plena luz del día. Por el contrario, la oscuridad es parte intrínseca de su concepción, sin la cual no serían lo que son.

El presente trabajo se centra en el uso que Pío Baroja realiza de la oscuridad, en su doble vertiente física y moral, con el fin de realzar su visión grotesca del Madrid de principios de siglo. La falta de luz aparecerá como característica descriptiva negativa y presagio de un mal porvenir. Se analizarán los espacios en los que reside el protagonista, los lugares en los que trabaja, los sitios por donde deambula y las personas que allí se encuentra. La oscuridad está servida.

 

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[1] La edición empleada en el trabajo será la de Caro Baroja, Madrid, Caro Raggio, 1997.

[2] Gonzalo Torrente Ballester, p. 129.


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©2005 Gustavo Álvarez Bea. Reservados Todos los derechos