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“Uno no puede menos que
preguntarse cuál sería la reacción de los lexicólogos
finiseculares si, milagrosamente, pudieran ver que los
muertos que ellos mataron gozan de buena salud.”
Toda lengua viva está en continua evolución. El
intercambio de palabras se renueva inexorablemente y, con
él, se amplían, restringen o trasladan los significados,
aparecen nuevas voces, se generan múltiples frases y, en
definitiva, se modifica el sistema de comunicación. Todo
intento por aplacar este proceso suele encaminarse al
fracaso.
A finales del siglo XIX circulaban en Buenos
Aires voces notoriamente distintas a las que registraba
cualquier diccionario español de la época. Surgía un habla
popular formada por palabras y expresiones nuevas que no
contemplaban los lexicólogos castellanos. Como suele ocurrir
en todo argot, se conservaba generalmente la sintaxis, pero
se cambiaba el léxico, llegando a proferir frases
ininteligibles para oídos que sólo estuvieran habituados al
recto y corriente español. Esta habla, originariamene
capitalina, llegó a conocerse como el lunfardo.
Entre las primeras
acepciones que se otorgaron a este término estuvo la de
“jerga que hablan los ladrones”,
para referenciar el tipo de habla que empleaba un sector
marginado, dedicado principalmente al robo y la estafa, que
encontraba de esta forma el hermetismo necesario para
expresar las alertas, los avisos, los planes que sólo ellos
querían conocer. La implicación anterior se plasmó en un
rechazo del empleo del lunfardo por parte de la norma culta
y, por ende, de los hablantes cultivados. Sin embargo, esto
no impidió que el dialecto arraigara en el lenguaje popular,
empleándose hoy en día con total normalidad y llegando a
introducirse más allá de los registros netamente
coloquiales.
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Se encontró en este nuevo dialecto el
placer de desafiar a la norma que suele gustar a los
capitalinos, invadiendo los arrabales, del mismo modo que
ocurrió con el argot parisino, el slang
inglés, el calão portugúes, la giria brasileña, el
caliche mejicano, la replana peruana o la coa
chilena.
El lunfardo no fue una excepción. El objetivo del presente
trabajo será registrar los distintos procesos de creación de
su léxico, atendiendo a los cambios morfológicos y a la
nueva fraseología. En busca de textos reales que corroboren
estos fenómenos, se ha realizado un seguimiento minucioso de
tres obras literarias de gran difusión en Buenos Aires, que
plasman vivos diálogos y descripciones en boca de sus
personajes. Las tumbas, de Enrique Medina, registra
la dura vida que debe afrontar un niño en diversos
reformatorios, y las muestras de habla que le llegan de
niños de su edad, de jóvenes, de adultos y mayores de
diversos estratos sociales. Del mismo modo, El juguete
rabioso, de Roberto Arlt, proyecta las peripecias del
joven Silvio, esta vez desde la calle, como buscavidas,
que debe aprender a sobrevivir entre gentes que expresan a
viva voz sus sentimientos, sus necesidades, sus deseos,
haciendo gala de un lenguaje directo, real, de la vida
misma. Desde otro ángulo, el hombre adulto que recrea
Roberto Payró, en El casamiento del Laucha, de forma
breve y concisa genera diálogos intensos que revisten todo
el carácter propio del lunfardo, como vehículo de
comunicación.
A su vez, se han
recopilado numerosas letras de tangos y milongas, en las que
se deja constancia de los mismos fenómenos y que permiten
complementar el estudio realizado, ahondando en los
mecanismos de formación de léxico y frases con etimologías
diversas.
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